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ATENIENSES POR XALAPA

Para difundir los valores de nuestra Ciudad, sus tradiciones, su cultura, su belleza, sus problemas y soluciones...
DESDE EL MACUILTEPETL... PARA COMENTAR Y COMPARTIR LO MEJOR PARA XALAPA... DR. CUAUHTÉMOC D. MOLINA GARCÍA

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Categoría: HISTORIAS

LOS CRONISTAS DE XALAPA

laemolina 05/10/2009 @ 13:31

cronistas2.jpgNo sabemos, a ciencia cierta, qué clase de méritos deben concurrir en la persona de quien es nombrado cronista de una ciudad. Tampoco sabemos las virtudes o circunstancias que contribuyen a definir y designar la persona que ha de recibir esa honrosa distinción. No basta con ser nativo de una población, solamente, para de pronto emerger a la vida ciudadana como cronista. Sin embargo, los alcaldes y munícipes no suelen explicar por qué alguién es designado cronista. Los mortales suponemos que una razón ha de ser la de ser viejo; otra, la de ser veterano; otra, quizás, la de ser pintoresco ejemplar de la urbe. No sabemos, a decir verdad.

Lo que si sabemos es que no es lo mismo ser cronista que ser historiador. Un cronista es, en el mejor de los casos, un narrador, un contador de cuentos y leyendas. Nuestros padres, abuelos y otros antepasados nos contaban esas historias tan llenas de recuerdos y nostalgias que mucho evocaron los tiempos idos y los sucesos que la memoria traía a colación. Pero no es lo mismo ser cronista que ser historiador.

 Ya se rescate el devenir de la sociedad y de las comunidades, o ya se rescaten las microhistorias de tradición oral de los barrios, las calles, las personas y los personajes, las parroquias, las leyendas, las calles y sus nombres, el croniosta solo apela a los decires de las personas y la gente. Lo que esta escrito, lo publicado y lo dicho por las personas del pasado.

La historia va más alla. La historia, ya la veamos como una ciencia o como una disciplina científica, necesita formación metodológica interdisciplinaria para investigar y descubrir las circunstancias sociales, políticas, económicas, psicológicas, morales y de todo tipo que definieron las decisiones de los hombres del pasado, sus consecuencias y repercusiones en todos los órdenes de la vida.

No cualquiera es historiador. Muchos, si, pueden ser cronistas. Pero aún así, nos preguntamos qué es lo que lleva al Cabildo de una ciudad, o bien a sus autoridades, a designar a "x" o tal persona a ejercer, honorariamente, como cronista de una población o ciudad.

Los sucesos históricos son cada vez más complejos y, para ser explicados en términos teóricos, requieren investigadores académicamente formados y con visión de 360 grados para ver y comprender la realidades históricas formadas y procesadas en el marco de la complejidad.

Para cronistas, se ha dicho, nos bastan los cuentistas y los platicadores más o menos pintorescos que abundan en las ciudades. Unos por estrafalarios, otros por ocurrentes y otros más porque aparecen en todo, a la manera del ajonjolí de todos los moles.

Nos preguntamos por qué razones, teniendo Xalapa una Facultad de Historia de la Universidad Veracruzana, nuestras autoridades no eligen a profesionales de la historia que eleven a mejores rangos el papel de las crónicas y las leyendas. Si tenemos una institución académica del tamaño de la Facultad de Historia, por qué, entonces, los atenienses hemos de tener sujetos pintorescos en estas lides complejas de la explicación histórica.

¿Que cruza las mentes de quienes proponen a estos personajes que transportan los aconteceres del pasado al presente explicándonos las causas de los devenires?

Solo Diódoro lo sabe... con seguridad!

EL TERREMOTO DEL 85

laemolina 20/09/2008 @ 18:19

terremoto.jpgXalapa, Veracruz, septiembre 20 de 2008.

Aunque ya paso del tostón, como suele decirse, ayer 19 de septiembre cumplí 23 años de re-nacido.

En efecto, viví en la ciudad de México, hospedado en el Hotel Castropol, ubicado en el centro de la ciudad, justo en la Av. Pino Suárez No. 58, cerca de Mesones, una experiencia malamente inolvidable. Ocupaba una habitación en el sexto piso, y poco antes de las seis de la mañana me había despertado un programa de variedades del Canal 13 que duraba toda la noche y que conducía Luis Carbajo, EPD.

Justo a las 7:19, mientras vía la TV, empecé a escuchar truenos metálicos, como de grandes planchas que caian unas encima de otras. Frente a mi ventana, que daba a la calle, vi un edificio que servía de bodegas de ropa Oscar de la Renta y que se ubicaba en la siguiente avenida, creo que 5 de Febrero o 20 de Noviembre. Al mismo tiempo sentí un movimiento oscilatorio terrible e inmenso, mi cama se movía de un lado a otro de manera estrepitosa y atronadora. Vi caer el piso superior de Oscar de la Renta como tapa de maqueta de estudiante de arquitectura. Parecía que alguien la había aplastado con una facilidad increíble. Pensé que era un ataque militar.

Gritos de mujeres del Istmo, que estaban hospedadas en mi piso y ataviadas con sus ropas tradicionales, ruidos de botellas de agua del servicio a cuartos que caían al suelo ruidosamente. Apenas pude reaccionar y esperé a que la sacudida terminara.

Me vestí, acomodé la ropa en mi portafolio Samsonite que la hacía también de equipaje, y busqué la manera de salir. El piso y las escaleras cubierto de vidrios de botellas rotas que habían estado estibadas en los descansos de los pisos hasta la noche anterior y que esperaban el servicio de las camareras para hacer la limpieza de los cuartos; vi a las tehuanas arrodilladas y rezando y entonces fue cuando les grité que se levantaran y buscaran salir de inmediato por las escaleras. No me hicieron caso, siguieron rezando.

Bajé los seis pisos hasta la administración del Hotel esquivando vidrios y agua. Lo primero que ví al llegar al mezzanine fue una nube abrumadora de polvo, percibí un fuerte olor a electricidad y a gas. Agentes de la policía aduanal que habían estado limpiando las calles aledañas de mercancía de contrabando, hacían las veces de vigías; de pronto daban instrucciones contradictorias, unos decían que había que abandonar el edificio, otros que mejor había que esperar dentro.

Al salir a la calle, a mi izquierda, pude ver las Torres del Conjunto Pino Suárez peligrosamente averiadas, una de ellas literalmente inclinada y apoyada en la otra, casi derrumbada. Vi gente asomándose por sus ventanas gritando de espanto y clamando ayuda sin respuesta posible; el edificio de al lado del Hotel, totalmente derrumbado. En la planta de abajo hubo, hasta la noche anterior, una zapatería Canadá. Frente al Hotel, hasta la noche anterior, se erigía un edificio que tenía en la parte de abajo una tienda "Dary" de artículos electrónicos. El Castropol fue construido en la década de los 40, del siglo XX, y a conciencia, duro y rígido. Solo se cayeron las construcciones modernas.

Todo Pino Suárez era un caos. Es la calle en donde esta, justo en la acera del Hotel, el Palacio Nacional.

Yo empecé a caminar tratando de alejarme de la zona. Caminé como zombie, sin rumbo. Solo vi destrucción, y posiblemente muerte. No lo supe en ese momento porque todos los edificios de la zona eran talleres de ropa, costura y maquila de los judíos que fabricaban ahi las marcas del momento y por esa razón, estaban vacíos. La mayoría. Ninguno era vivienda, no al menos en Pino Suárez, a excepción de los Hoteles circundantes.

Pronto me dieron las 9 de la mañana. Empezaron desde las 8 a sobrevolar  helicópteros del gobierno de la ciudad para inspeccionar la zona. Pero rápido se oyeron voces que advertían que el ruido de los aparatos haría caer los alerones enteros de construcciones que practicamente habían quedado volando sobre las calles, o sobre los mismos edificios.

Poco más tarde vi al presidente De la Madrid y a su esposa, doña Paloma Cordero -muy adusta y de porte poco nacional- caminar por las calles. Ella, visiblemente afectada y con lágrimas en los ojos, inocultables. Él, con el ceño fruncido y a leguas se veía que no tragaba saliva. Los acompañantes absortos, sin saber qué decir. Todos callados, impávidos.

A eso de las 10 de la mañana, luego de ambular la zona buscando salida y viendo desgracias, encontré un vocho taxi de los amarillos que había. Lo paré y me dijo que no estaba en servicio; le dije que solo quería que me sacara del centro y me dijo "súbase". Sentí un alivio delicioso. Le comenté que iba al norte de la ciudad, sobre Insurgentes. Él iba por el mismo rumbo. Entonces le dije:

-"Lléveme, le pago lo que sea". No se preocupe, vámonos, me dijo.

Tomamos Insurgentes Norte, quien sabe por dónde. Yo iba hasta la Colonia Industrial Tepeyac -muy cerca de Indios Verdes, y que esta justo a lado de la Col. Lindavista- a ver a mis tíos Esther y Eduardo. Para llegar a la casa familiar había que pasar a fuerza por casi toda la Av. Insurgentes Norte. Pasamos frente a Nonoalco, Tlaltelolco. Vimos el taxista y yo el Edificio "Nuevo León" de casi 20 pisos caído, totalmente horizontal y descuartizado sobre el suelo.

Mucha gente; ambulancias, helicópteros y más gente ayudando por todos lados, unas personas pasando cubetas con agua en largas cadenas humanas; otras, ayudando a pasar el tránsito. Todos haciendo algo. Hombres, mujeres, niños, ancianos, todos. ¿Policías, agentes de tránsito? ¡Ninguno!

Tardamos minutos -que sentí horas- en pasar la zona. Finalmente, salimos. Me bajé del taxi en la Calle Ricarte, caminé, doblé en la Hormiga y luego, a la derecha, en Av. Fundidora de Monterrey. El taxista no me cobró un centavo. Y ahora que recuerdo, tampoco pagué el Hotel. Tengo una deuda, pero jamás regresé ahí, no obstante que el viejo edificio del Hotel Castropol me salvó la vida.

Ya en casa toqué la puerta, me abrío mi tía Esther (EPD) y, sorprendida me dijo:

-"Hijo, ¿qué haces aquí? -Vine desde ayer, me quedé hospedado en el centro; llegué a comprar ropa para el negocio que abrimos allá en Xalapa.

Luego salío mi tío Eduardo (EPD), poco despúes llegaron mis dos primos; todos azorados, y se habían enterado de la megadesgracia por la radio, ninguno de ellos, ni los tíos ni los primos, habían sentido la formidable sacudida que yo viví. Todo lo que sabían era por la radio y el noticiario de Zabludovsky, que ya transmitía desde las calles. Él vio el edificio de Televisa caerse a sus propios pies. Los primos no daban crédito a nada.

Los locutores de la radio -alcancé a oirlos en el taxi- aseguraban una destrucción casi total de la ciudad. No se equivocaban, respecto del centro histórico del Distrito Federal.

A eso de las 12 del día me llevaron mis familiares a la TAPO. Ahi parecía que nada había pasado. Tomé un ADO a Xalapa, de los que aún hacían escala en Apizaco en aquéllos años. Un viaje largo, interminable. Pensaba en mi padre Bernardino, invidente e inhabilitado para caminar, quien seguramente estaba "oyendo" la Televisión y preocupado por mi.

Mi esposa en la Boutique, tratando de vender. Cuando la ví a ella, solo me dijo: ¿Ya llegaste? Sentí, la verdad, irme para atrás. Yo saliendo de una hecatombe y ella sorprendida por haber llegado antes de lo previsto.

Al día siguiente, por la noche, vino la réplica. Estaba yo en la UV, trabajando en un curso. El impacto de la experiencia me dejó mareado, atolondrado. Me bajó la presión. Maté la clase y despedí a los alumnos. Sentía, en verdad, que las piernas se me doblaban como chicle. Tenía entonces 30 años de edad.

Pero 15 días después se empezaron a conocer, por el Diario de Xalapa, los nombres de Xalapeños que habían muerto en los Hoteles Regis, D'Carlo y Del Prado, muchos de ellos conocidos y otros familiares de conocidos, y otros más desconocidos, pero todos xalapeños, o radicados en la Atenas.

Entonces fue cuando sentí que había vuelto a nacer, y ahora siento que tengo 23 años.

Pero también fue cuando me vino una profunda depresión que tardó años en pasar. No podré olvidarlo jamás; y para mi, el 19 de septiembre es algo más que una simple conmemoración.

¡Qué curioso! El día anterior, durante el viaje al DF, solo ibamos en el autobús ¡Cuatro personas!

México, D. F., 19 de septiembre de 1985.

¡Qué día!