CRISIS RELIGIOSA Y TURISMO
Los medios locales anuncian que en esta Semana Santa los centros vacacionales estuvieron a reventar, aún más que nunca. El puerto de Veracruz batió record en número de visitantes y bañistas, pues la playas lucieron a reventar y los hoteles al tope. El gobierno festina que el puerto, y en general el Estado en sus litorales, es ya el segundo destino nacional en estas materias y desboca contra aquellos que anunciaron que las playas veracruzanas estaban contaminadas.
Pero hay que reconocer que el turismo que atrae nuestro Estado, en particular nuestras playas y litorales, es un turismo de poca monta económica que deja escasas derramas en los prestadores de servicios. Quisiéramos que Veracruz puerto fuese un destino como Vallarta, Cancún, Huatulco o Acapulco, donde los turistas arriban en vuelos charter y contribuyen al ingreso y a la economía con sus consumos y demandas.
En cambio, nuestras tierras atraen vacacionistas que arriban en camionetas de batea cubiertas con lona, autobuses fletados y automóviles llenos al tope con miembros de la familia, muchas veces hasta con el loro, el gato y el perro. Consigo traen despensas enteras de galletas, atún, pan para sandwiches, tortas, jamón, queso, carnes con asador y cervezas, muchas cervezas y licor que a la postre devienen en tragedias. Las playas quedan con no gratos testimonios de esta clase de turismo que, dicho sea de paso, siempre será no obstante bien venido.
En contraste con las playas pletóricas y coloridas -en pleno viernes santo- se vieron los templos católicos cada vez más vacíos de fe y de fieles. Los católicos mexicanos prefieren el relax y andar "en la carne", que caminar en "el espíritu". No obstante, las procesiones del silencio se nutren de creyentes eventuales que asisten, seguramente, para participar en un evento de tradición, ciertamente no desprovisto de espiritualidad, pero que no nutre los andenes de los templos católicos, una vez pasadas las conmemoraciones de estas fechas.
Los lideres católicos se preguntan angustiados qué esta pasando con la feligresía que, antaño, arrebataba las iglesias y hogaño, parece desentenderse de sus vocaciones católicas. Es una pregunta cuya respuesta contiene elementos no solo estrictamente religiosos, pues abona linderos de la sociología, la psicología y la emocionalidad misma del mexicano convencional; algunos de esos componentes tienen que ver con una percepción cada vez más clara e incontrovertible del pueblo que ve en sus líderes -curas, obispos y demás clérigos- una clase social cada vez menos creíble y confiable, al mismo tiempo que corrupta y ambiciosa de protagonismo en los medios y en los foros de la política.
El hecho mismo de que los jerarcas del clero católico constantemente se entrometan en asuntos que, religiosamente hablando, no son de su incumbencia, genera en amplios sectores de la población -incluso en la no ilustrada- un sentimiento de rechazo ampliamente aversivo, pues de pronto tales jerarcas parecen olvidar el precepto esencial del Maestro Jesús, cuando dice al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.
Los tiempos de prueba para el clericalismo católico son precisamente estos, los días de la Semana Mayor, en los que la carne vence con facilidad al espíritu de los católicos y no logran los señores de la sotana, ni con mucho, convencer a su feligresía de que asistan a las iglesias, en lugar de irse a destrampar a las playas, sobre todo en un día de tan profundo significado como es el viernes santo.
Tal situación no es para alegrarse, pues la enseñanza religiosa es necesaria para la formación integral del hombre. Claro, mientras más cercana fuese ésta a las fuentes bíblicas, sería mucho mejor. Tampoco nadie parece dudar que las crisis morales que vive nuestra sociedad -alcoholismo, drogadicción, narcotráfico, pasiones sexuales desbordadas, desintegración familiar, entre otras más- tienen su base en la ausencia de moralidad, de principios y de valores rectores de la conducta humana. Las consecuecias de un secularismo extremo son evidentes; pero lo contrario sería peor, es decir, la intromisión exagerada y sin límites de un clericalismo que pretendiese imponer a la sociedad su visión particular del mundo por sobre otras, tan válidas como necesarias.
Entre tanto, lo que la Semana Mayor significa para 7 de cada 10 mexicanos supuestamente católicos, es eso: destrampe, playa, carne, vino y todo lo que con ello viene. Tales fenómenos no demuestran sino que la catolicidad mexicana es superficial, meramente emotiva y desprovista de fe. El famoso padre Quntín se ha dejado declarar, sin recato alguno:
"Aunque la mayoría de los católicos estan bautizados (sic) no todos tienen la fe, ya que esta es un don que Dios nos da".
Si el señor Quintín afirma esto, me surge la pregunta, ¿si se dice que son católicos, pero carecen de fe, entonces son o no son católicos?, o ¿qué clase de católicos son?
Y uno se queda con muchas más preguntas, por ejemplo, ¿en dónde puede fundarse el supuesto poder e influencia de la jerarquía católica en la sociedad y el Estado mexicanos?, ¿por que entonces los medios de comunicación son tan afectos a las declaraciones de los curas, si la sociedad ya no cree en ellos?, ¿en qué se fundan los escandalizados jacobinos para espantarse cada vez que los curas arremeten contra el liberalismo juarista?
¿Cómo la ves, Diódoro?

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