Xalapa, Veracruz, 5 de junio de 2009.
Estamos a 5 semanas de las elecciones federales -y en algunos casos estatales- y los comentaristas de radio, televisión y medios escritos aducen por todos lados que "las campañas no levantan". En efecto, las ofertas políticas de candidatos a diputados no suelen tener el efecto que tienen las de los candidatos a poderes ejecutivos en sus tres niveles.
Pero además, la pragmatización de la política ha llegado a tal punto, que ya es un lugar común escuchar al más modesto de los ciudadanos decir que hay que votar por el candidato (la persona) y no por el partido.
Los partidos políticos en México -aunque el fenómeno parece mundial- han dejado de ser representativos de sectores importantes y crecientes de la sociedad. Muchos de nosotros no nos sentimos representados, ni podemos tampoco ubicarnos bajo ninguna sigla partidista.
La gente en general no distingue las líneas ideológicas de los partidos, y éstas, además, se han hecho cada vez más difusas ante los ojos de los electores. El PAN se acerca al centro, cuando era y nació desde la derecha; el PRD dejó de ser la poción radical para pretender ubicarse más al centro. Y ahora el PRI, de nacionalrevolucionario, aparece también como muy cercano y parecido al PAN.
Los demás partidos se pierden en el mapa perceptual que se configura en las mentes de los votantes mexicanos, sobre todo de los jóvenes.
¿Qué significa, hoy en día la izquierda, qué significa la derecha y qué el centro? Estas son cuestiones que las personas ni entienden, y por si fuera poco, tampoco les interesa. Incluso para los más ilustrados de la sociedad, las nociones de la geometría política contemporánea parecen ya no tener los mismos significados que hace años.
En Xalapa, los ciudadanos "ligeros" se inclinan por la persona del candidato, y expresan así preferencias personales, pero no preferencias políticas. Si Consuelito (Chelito) es guapa e hija de buena familia, si inspira confianza y le parece al elector una buena dama, de familia decente, que va a misa los domingos y que estudió -a lo mejor- en prestigiado colegio, es lo que el elector light observa; y en el mismo sentido, este mismo elector valora a los candidatos del PRD como sobrerudos y pelioneros. No les inspiran confianza.
Pero electores así, desconocen el fondo, sentido y finalidad de las políticas públicas que los gobernantes emiten desde las diversas ideologías de sus partidos.
Preferir estos lineamientos de caracter ideológico es lo que define la preferencia política, pero ésta, sencillamente no existe entre los ciudadanos. Lo que éstos quieren es que el candidato les inspire confianza y credibilidad. Necesitan un producto de imagen que les parezca simpático. El fondo de las propuestas, cuando existen y son claras, no interesa a nadie.
Por ello, y por muchas otras razones, los partidos políticos ya no representan nada, sino solo a sus burocracias de élite que viven de la política y de los recursos que los ciudadanos les proporcionamos con nuestros impuestos.
Mucha gente esta pensando en no votar; otros, quieren estrenar la ya muy citada "nulidad" del voto. Así, los anulistas pretenden hacer valer su derecho de acudir a las urnas, pero sin elegir, sino tan solo para anular su voto. El voto nulo es como no votar. Es una voluntad nula, una voluntad que rechaza, pero que no elige. Dicho de otra forma, es una voluntad electoralmente inútil.
Esta medida, si bien es una expresión ciudadana en libertad y conciencia, puede ser también una estratégica moda que provocará beneficios para el partido en el poder, pues evitará que los votantes marginales contribuyan efectivamente a la elección, dejando la plataforma del voto duro -el de los militantes seguros- en favor de sus partidos.
Es evidente que el voto nulo parece una opción promovida desde el poder empanizado; es una propuesta oscura, pero a la vez inteligente. Y habrá ciudadanos que no tengan otra opción, más que esa: anular su voto. Y si estos votos son demasiados, acercarán al sistema político mexicano a la ilegitimidad contundente.
Votar de forma nula no ayuda a la democracia, aunque sea una expresión democrática. Ciertamente, el voto nulo anuncia el rechazo de los ciudadanos a la política sucia y a la mediocridad de candidatos, ofertas políticas y campañas. El voto nulo es una expresión del asco ciudadano que los políticos y politiqueros deben entender y valorar.
Necesitamos que nuestros ciudadanos puedan postularse a puestos de elección popular sin necesidad de salir de los partidos.
Necesitamos que la legislación electoral cambie para dar cabida a esta opción. Bastarían pliegos con firmas para que Fulano o Zutano pudieran postularse. Así, los ciudadanos no representados, ni incluidos en siglas partidistas en calidad de militantes, saldríamos más convencidos y entusiasmados a votar.
En definitiva: no nos gustan los candidatos que las cúpulas partidistas imponen. Y en el caso del partido oficial en Veracruz (el PRI), tampoco gustan a los electores los candidatos que el Gobernador decide.
Así las cosas, muchos paisanos dicen: votar por los candidatos que hay, ¿para qué?